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Historia


Historia del Carmelo de San José de Écija.



Estas crónicas recogen apenas unos años de la centenaria historia de esta querida casa de la Virgen en Écija. Todo aquello de lo que me acuerdo y cada detalle son para la Reina. A Ella y a su Orden todo nuestro cariño.

Fecha fundacional: 1736
Fundación proveniente, con monjas de: San Lucar la Mayor, Lucena, Córdoba y Sevilla, siendo la prelada de este último monasterio.
Fundaciones ayudadas o salidas directamente de Écija: Carmelitas Descalzas de Puente Genil.


Ermita de la Samaritana

Siendo el año del Señor 2010 y priora la M. Ma. Isabel de la Trinidad ocd, pensó la comunidad de Écija en la necesidad, puesto que no había ermitas a propósito en el monasterio para que las monjas se retiraran durante las horas en las que se dispensase de la oración en común apartarse a más buscar en soledad al Señor, que se podía hacer ermita en la huerta del monasterio. Las que había dentro de casa, se utilizaban de oratorios para las novicias, o coro para las religiosas en invierno. Así que como escuché a muchas de nuestra casa, se retiraban en los diferentes rincones silenciosos como podían. 

Algunas hacían la oración cerca de los salones del trono, donde subiendo unas escaleras se llegaba a un desvan, los orificios en la pared que hacían de ventanas, dejaban ver los techos de la ciudad, las torres de las altas iglesias. !Cuantos pensamientos de cielo, cuantas súplicas no saldrían de aquellos dialogos con el Rey del cielo!




Otras se retiraban en la huerta, donde habían unos troncos muy anchos y allí se quedaban en oración. Luego la casa contaba con una preciosa ermita, o tribuna de las enfermas, donde había un piadoso Hecce Homo, que desde siempre había estado en la cripta del monasterio, cripta que por los años 1970 fue tapiada por alguna orden al parecer sin mucho fundamento. Subida aquella tribuna hacia las delicias del lugar. Durante el año 2010, el Cristo fue devuelto a su cripta, donde había estado siempre. De esta cripta y de como se destapió se hablará luego.

Otro sitio delicioso para la oración, era el coro alto, espacioso, sencillo y muy carmelitano, con grandes cuadros de devociones de la casa y de los santos del Carmelo. Pero las distancias son bastantes desde las dependencias de las monjas y la edad de algunas además de la poca funcionalidad del lugar y en invierno el frio, hicieron que solo se utilizara para las ceremonias especiales o algunos días señalados de más recogimiento.

Hablando la comunidad con algunos amigos acerca de la conveniencia de una ermita dentro del recinto conventual, puntualmente en la huerta, se pensó primero en abrir una especie de mazmorra, que dando a la huerta del cementerio, se conservaba según las monjas antiguas y graves de la comunidad desde los tiempos de los musulmanes, cosa que podría ser creible, pero de lo que no queda algo claro. Lo cierto es que ese lugar está aún emplazado en dicho patio que sale de las celdas nuevas al cementerio y está bajo los arcos de este patio, que en verano sirve de recreación a las monjas.



Solo que eran muy gruesos los cimientos y pocos los materiales para los obreros, que en estas labores nunca eran asalariados sino amigos de la comunidad. Se intentó abrir y durante mucho tiempo estuvo los rasguños de los cuatro cinceles que allí picaron, pero nunca fue el hoyo más profundo de diez centímetros, pues la labor se hacía cuesta arriba.

Luego con el tiempo se adaptaría el cuarto de la esclava, como ermita dedicada a la Beata Elías de San Clemente, donde se veneraban relíquia de sus hueso. Por tardanza en la primera de las ermitas proyectadas, o sea la de la Samaritana, quedó lista esta de la Beata antes. Pero de eso se podría uno extender en otra ocasión.

Pegado a los tanques de agua y al antiguo gallinero de la comunidad, se encuentra el pozo de la mora, así se le llama porque según la tradición, la Reina mora, vendría a lavarse allí, utilizando las aguas de este pozo.




Curioso pozo que tiene forma alargada y rectángular terminada en una casetita con boquete para el cubo. Justo debajo de dicho techo, se encontró luego una fuente que se conserva en dicho monasterio con cabeza de cuatro moros coronados. En mal estado, pues las mismas obras que habían tapiado la cripta habían decidido dejar la fuente allí, quizá porque no les servía de mucho.

En aquel rincon de la casa, solo había mala hierba, el pozo y mucha basura acumulada. Pero era una esquina que daba respiro en tiempo de verano a las monjas, un sitio idoneo donde poner una ermita, que estaría protegida por las tapias, y quizá una recreación, como después se hizo.



La ermita tardó en construirse al menos un año y medio. Si es verdad que la obra era sencilla y de poca monta, los obreros, al no ser ni albañiles, ni en la vida haber trabajado con cemento y demás enceres, se tomaron su tiempo, entre los que ayudaron se encontraban Roberto (Madrid), David (Alicante), Nuno (Portugal) y algunos más, todos amigos de la casa o conocidos.

El proyecto original era arreglar en lo que se pudiera el techo, adesentar el sitio y levantar dos paredes desprovistas de adornos, a ladrillo vivo y sin ventanas. Al final se le colocaron dos ventanas en cruz, se puso suelo y techo. Quedó desde el principio dedicada a Jesús y la Samaritana. Allí junto aquel pozo donde antaño se buscaba el agua que mata la sed terrena, las carmelitas buscarían estarse a los pies del Maestro, aprendiendo de esa agua que da Él, que mata la sed...que no nos deja jamás tener sed.




Se colocó un cuadrito piadoso, Jesús y una carmelita, como samaritana. Dos lamparitas y una mesita. En algunas ocasiones una imagen de la Virgen, que pertenecía a la Madre Mercedes, ecijana, se bajaba para que compartiera esos ratos de intimidad con sus religiosas.

Se adesentó el lugar, púsose luz y tres bancos rusticos, con los materiales que teníamos y sin gastar nada. Una gran cruz preside la recreación y abundante vegetación que se enreda por todo sitio, y da aquel lugar que un día casi fue basurero un aspecto agradable, lleno de vida y oración.

Fue bendecida con misa de acción de gracias dicha ermita por el Rev. Padre Andrés García Torres, en presencia de toda la comunidad y de un amigo.
 

Al atardecer, la comunidad se reunió alrededor de la ermita, las monjas con sus largos velos y capa blanca, entonaron los himnos delicadamente preparados, se celebró en altar improvisado la Santa misa y se cantó la Salve Solemne. Así quedaba inagurada oficialmente la ermita de la Samaritana. 

Se volvió a poner la doble reja en esta Santa Casa de la Virgen y de Nuestro Señor San José, en el año 2008, habiendose votado en capitulo y corriendo el arreglo y demás menesteres a cargo de unos amigos de la comunidad.


El ataúd y la Madre Juana de la Santísima Trinidad
 
En el mismo priorato de la Madre Isabel, vió la comunidad que pasados muchos años desde que se abriera el ataud de la Madre Juana para cambiala los vestidos por última vez, y estando el sitio donde se encontraba la caja (En un agujero que se enlosó bajo las rejas del coro bajo), en muy mal estado (con losas desprendidas y humedades, puerta en mal estado y ataud lleno de polvo), que se abriera de nuevo para adecentarlo todo en la medida de lo posible.

Al abrir las puertas estaba todo muy deshecho, pensabamos que la Madre podría haberse desconpuesto. Esa era la primera impresión.



En tiempos de la Madre Mercedes, se había perdido la única llave del ataúd, algunas hermanas dicen que para evitar la tentación de abrirla y después de algunos piadosos hurtillos de relíquias que por el cariño que la tenían a la Madre algunas religiosas hacían, se escondió.

Lo cierto es que sea como fuere, se desconocía el paradero de la llave, y algo de sobrenatural hubo en la forma en la que se abrió dicho ataúd, porque sin llaves y sin querer forzar las tres cerraduras, no cabía otra posibilidad que pedir a la Madre Juana lo hiciese. Y sucedió que antes del rezo de las horas menores, las monjas después de la campana que llamaba al rezo de sexta, se disponían todas a ir al coro, la Madre Priora, que ya no sabía que hacer para solucionar el entuerto, decidió decir a la Madre:

- Madre Juana, ya que en vida fuistes de las más observantes que ha conocido nuestra casa, en virtud de Santa Obediencia te mando a que abras las cerraduras.

No habían pasado ni diez minutos cuando, al salir las Madres del coro bajo, se acercaron al claustro donde estaban el ataúd y los amigos de la casa que ayudaban en la faena. Allí les vieron, casi pálidos del susto, pues en segundo y con solo tocar las cerraduras, las tres cedieron y no se atrevían abrirlo por respeto, y por esperar a las monjas.

Ya habíamos hablado del lugar insalubre en el que estaba el cuerpo de la Venerable, losas caídas, polvo, escombro y humedades, unas puertas de madera que nada más intentar abrirlas se rompieron. Aquel lugar quedó enseguida adecentado por Roberto, que era el chico que en este tiempo se encargaba de ayudar a las monjas en estos menesteres. Reparó las losas caídas y con aceite de linasa volvieron de alguna formaa hidratar el ataud, se pintaron también por esas fechas los escudos de la Orden que labrados, habían perdido el color quedando solo el relieve.

La Madre yacía adentro. Era sorprendente el estado en el que se conservaba estando siempre en lugar tan húmedo y tan poco apropiado. De más está decir que se mandaron hacer las puertas de cristal, más apropiadas para colocar debajo de las rejas. Desde los bancos, situados a ambos lados del coro bajo se podía ver el ataúd de la Madre.

Las ropas estaban en muy mal estado, parece ser que aunque en los años 70 se había limpiado por dentro el ataúd, la ropa correspondía a muchos añois antes, raída y sucía, el velo negro muy fino y carcomido. Las monjas se pusieron manos a la obra y buscaronle un hábito más austero, pero a la vez más decente, alpargatas improvisadas en el momento y velos nuevos.

El cuerpo estaba en tal estado, que fue posible volverla a vestir y calzar sin que se desprendiera nada de su cuerpo, los pies estaban flexibles y se le calz´ço con alpargatas carmelitanas.  En la mano una de las hermanas puso unas florecillas blancas y uno de los que ayudaban regaló para sus manos una cruz grande de san Benito. Quedó muy decente con su velo de tercería, y su hábito marron y capa blanca de coro, que con ser más austero la hacía lucir más carmelita.

Varios días estuvo fuera, esperando a que se secara el cemento del nicho y arregladas las puertas, hasta que al fin, para repòso de todos, quedó la Madre allí donde siempre había estado.

Los vestidos antiguos al igual que una de las dos vertebras que tenía desprendidas, quedaron que en el noviciado de la casa, el fragmento óseo, puesto en una gota de cristal. se sabe que las novicias, leían durante sus intrucciones la vida de la Venerable y querían tener y conservar un recuerdo de la fundadora junto a ellas.


Crónica de la restauración de la cripta de las Mades antiguas.
 
Corría el año 2010 y aunque era un tema poco cuestionado, ya llevaba mucho tiempo cerrada la cripta conventual, preparada como sepultura de las carmelitas descalzas de nuestra casa. Los motivos de su cerramiento no son claros, resulta que en los años 70, unos arquitectos de la Junta y de Patrimonio, revisaron el estado del monasterio y tomaron decisiones que afectarían a nuestra casa en cuento a lo estructural. Una de ellas era la clausura de la cripta.
 
Existe una ventana con celosía en uno de los claustros, debajo de los bancos y ventanas del coro, que es donde la dicha cripta se sitúa, abarcando todo el largo y ancho del coro bajo de las monjas.
 
Viendo las madres y las hermanas a través de la celosía algo de lo que adentro había, la suciedad que padecía el lugar y el estado ruinoso del descanso de sus hermanas de religión, llamaron a un arquitecto de prestigio Don Carlos Clemente, profesor de la Universidad de Alcalá, para que examinase su situación. Se veían vigas caídas y pensaban que de alguna manera, las que sostenían el coro, donde a diario rezan las religiosas, pudieran estar podridas por el paso del tiempo y la mucha humedad del sótano. Este santo lugar por sus propiedades físicas, tiene fama de descomponer todo cuanto ahí se guarda, y con más facilidad los cuerpos de las hermanas fallecidas en la casa.
 
Haciendo los preparativos necesarios y madurando el proyecto, se pensó en abrir la tapia pequeña que de bloques tenía, descubriendo así la entrada y las escaleras de acceso que se deprimían al nivel del suelo del claustro. El lugar se pensaba lleno de escombros, pero solo la entrada y escaleras resultó estar sucias, con éxito logramos sacar los restos de las obras que allí habían dejado los albañilees y adentrarnos en aquel santuario donde esperaban el juicio final los cuerpos de nuestras hermanas.
 
Todo estaba pintado de blanco, también las paredes de la cripta y el altarcito del frente donde había inscripciones del evangelio  pero sin imágenes ni restos de que la hubiera, cosa que no resultó siempre así. Así rezaba “Yo soy la Resurrección y la Vida, el que crea en mí aunque este muerto vivirá”  
 
En poco tiempo las novicias y demás hermanas que podían, bajaron adecentar el lugar. En la pared frente al altar colocaron un cuadro de Nuestra Madre Santísima del Carmen, mirando hacía los nichos. Desde ese lugar, que también coincide con la entrada al pie de las escaleras, era la Virgen del Carmelo, quien daría la bienvenida a sus hijas, mirándolas con amor.
 
Las vigas en el suelo, eran también restos, el hierro, por la mucha humedad y deterioro del lugar estaban hechas polvo, de tocarla se deshacían. Pensamos que nada completo podría quedar allí, y que los cuerpos de nuestras hermanas con ser más frágiles en materia estarían deshechos.
 
Sin embargo en la segunda fila de nichos, concretamente en la parte inferior se advertía una tumba con un tapiado y adecentado distinto a las demás, carecía de fechas y estaba entreabierto.
 
Dentro y con unas linternas se veía el ataúd de la dicha señora (Una noble o bienhechora quizás que había pedido ser enterrada allí. Se entreveía el buen estado de su cuerpo y vestimenta, una loza de mármol con una inscripción y delante un osario de madera muy podrida de otra de nuestras hermanas que se conservaba abierto, con los velos y la cruz de profesión que llevó como carmelita durante su vida religiosa y que se conservaba entera aunque sucio el metal por la humedad. El papel que habían puesto allí las carmelitas, había quedado completamente en polvo por lo que no se puedo leer la inscripción que contenía, y tampoco el nombre de la hermana.
 
El Cristo de limpias incluido en retablo y que desde el momento de la clausura de la cripta las hermanas habían subido a la tribuna de las enfermas, fue depositado en su antiguo puesto, miraba a sus carmelitas. Este Cristo había estado allí desde el siglo XVIII, a mediados. Detrás se encuentra la inscripción con la fecha y la procedencia. Alguna hermana preocupada por que se fuera a perder el recuerdo de donde pertenecía había transcrito allí los datos.
 
Quedó preparado el muro del altar para pintar en él un fresco de nuestros padres Elías y Eliseo, con el escudo carmelita, cosa que no pudo llevarse a cabo por razones ajenas.
 
Algo faltaba… quedaron puestas dos lamparitas de cera, pues el lugar quedó como sitio fresco y ermita para los meses de verano que son tan duros aquí. Consideramos una gracia de Dios poder reutilizar aquel lugar que antaño hubiera estado cerrado, para adorar a Dios y pedir por nuestras hermanas, y a ellas que lo hagan por nosotras.