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Bajo su mirada




M
aría, ¿quién podrá contar todo lo que le debo? No podré, no me alcanzará la vida para proclamar aquello que de su mano he recibido.

Tantos años que la conozco y jamás la he visto lejos. De pequeños nos enseñan a quererla y de mayores, Ella nos enseña a quererle a Él. En tantas ocasiones, perdida entre mil dudas, luchando contra mí, contra el mundo… incluso contra Dios he sentido su mano posarse tranquila sobre mis hombros cansados, sin pedir nada. Tantas noches sus ojos se han vuelto estrellas, su mirada faro y sus palabras confianza: Haced lo que Él os diga.

Mi Madre, mi Amiga, mi Patrona y Reina, mi plegaria y mi canción todo eso es y más, todo eso es suyo… y mi yo completo a Ella vive consagrado.

Hay veces que no sé cómo seguir, que no logro definir el sentido y la dirección de mis pasos… y entonces sus manos me cargan y secan mis lágrimas, curan mis heridas.

A Ella conocí antes que a Jesús, mi Madre solía ante su imagen asegurarme que era la Madre de Jesús, y antes de que aprendiera que significaba su maternidad divina, comprendí que aquella maternidad también era para mí. Bajo su manto me cobijé en tantas tormentas, a ella volví mis ojos en mis desesperaciones, cuando plagado de truenos el mundo arremetía. Nunca dudó en socorrerme su presencia.

Esa buena madre caminó conmigo en todos mis senderos, incluso cuando lejos de Dios me debatía entre el bien y el mal. Cada paso, con miedo o certeza, lo hacía sabiendo que la tenía al lado, que podía contar con Ella, que su amor enjugaría mi llanto y vendaría mis rasguños. Ella caminó conmigo la cuesta de cada uno de mis Calvarios: Hijo he aquí a tu Madre, Madre he aquí a tu hijo.

Al sentir un peligro me agarraba fuerte a su escapulario, pensaba a su lado nada podía pasarme, sabía que si llegaba el momento cumbre a la otra vida, era en sus brazos en donde debía presentarme ante el Dios-Amor, y entonces se desvanecían mis miedos, se esfumaba la incertidumbre y alumbraba el Sol de Justicia en mi corazón,  aquel que por gracia divina hábito su vientre.

Bendita, guapa y más que guapa, la más guapa de todas las mujeres y no es referido a su hermosura física, sino a la grandeza que fue, es y será para la Iglesia. Su recuerdo es siempre bálsamo: No temas, tienes Madre.

Es cierto aquello que jamás se ha oído decir que haya abandonado a uno de los que la invoca, en las situaciones de la vida, y a la hora de la muerte. Busca sus ojos cristiano, nunca dejes de invocarla en tus luchas y si desfallecido por el peso de tantas cosas, sientes que no puedes seguir…serán sus pies los tuyos, y preferirá María gustar sus espinas.


Mirarla, nunca dejéis de mirarla, porque cristiano, quien sus ojos en su majestad fija, permanecen unidos a Ella y con Ella a su Hijo. Rezad con fe:

Madre Santa, Madre Nuestra, Madre mía. Desde antiguo te llamaron los hijos de los hombres Estrella de la mañana, deja que yo te llame Estrella de mis noches, noches de soledad de personas y apoyos que no encuentro, noches de búsqueda, de desencantos y frío. Brilla entonces para mí Santa María, como luz infinita, Luz inagotable Luz fiel, Santa María.




T
u cabeza bienaventurada que tantas veces inclinaste para besar al Hijo de Dios como el Carmelo. 





¿Carmelitas? ¿Carmelo? Una síntesis de muchas palabras que hablan de María Santísima de su hogar, plantel y jardín de sus delicias…  su Orden.
 
Un promontorio: El monte Carmelo, en hebreo הר הכרמל, abierto al Mediterráneo, unas cuevas que sirvieron de mansión y refugio a unos valientes ex cruzados, antiguos soldados y nobles latinos, que con motivo de la conquista de los Santos Lugares quisieron quedarse allí alrededor del siglo XII, junto al recuerdo vivo de Elías que impregnaba aquellas rocas y todo el paisaje alrededor de la Fuente.
A una distancia prudencial, existían ya otros monasterios. Sin embargo, aquel grupo de laicos, que descalzándose vivieron los fervores que entrelazan la hermosa memoria de la Madre de Dios y San Elías sobre la cima del Carmelo pintarían de un matiz especial el monacato de Oriente. Una Orden, con mentalidad occidental enraizada y fundada en Tierra del Señor.
 
De estos intrépidos, anhelaría nostálgica Teresa de Jesús su manera de vivir:”Qué de santos tenemos en el cielo que trajeron este mismo hábito… Que de hambre, y frío debieron pasar sin tenerse a quiense quejar sino a Dios… Tomad una santa presunción de ser como ellos.”
 
En un tiempo en el que la lectura de la Sagrada Escritura era de difícil acceso en lengua vernácula, los carmelitas macen, haciendo de los requerimientos ascéticos de la escritura su ideal, en servicio de Jesús, Señor del Lugar.
 
Allí se reunieron intuyendo el sitio ideal, allí plantando la primitiva generación de carmelitas se vivieron fervores marianos nunca antes visto y aquellos frailes con capa rayada, cantaron sus amores a María. Poco a poco y según la mentalidad feudal de la época, eligen a la Virgen como Señora del Lugar y modelo de sus vidas, a Ella consagran su existencia en imitación de Jesucristo, en Ella se fraguan y a su forma practican el ideal evangélico: “Amad al Señor tu Dios sobre todas las cosas…y a tu prójimo como a ti mismo.” 
 
El carácter mariano de la Orden se encuentra presente desde los comienzos a través de la dedicación a la Señora del Lugar del primer oratorio o capilla, alrededor de la cual se organizaban las celdas, como hijos que se acogen al cuidado de la Madre alrededor y debajo de su capa: “Detrás de aquella abadía de Santa Margarita, en la falda de la misma montaña hay un lugar muy bonito y agradable habitado por los ermitaños latinos llamados frailes carmelitas, que tienen una pequeña y bonita iglesia de la Virgen” y el consiguiente patronato de María sobre la Orden. Según el P. Emanuele Boaga O.Carm, la “…elección del patronato mariano, leída en el contexto feudal, condiciona toda la orientación espiritual del grupo originario de los carmelitas y su actitud a María, porque ven en ella, a la Señora del Lugar en la tierra de su Señor Jesús, en obsequio del cual pretenden vivir”.
 
Con el paso de los años, la experiencia y el cotidiano hicieron tomar conciencia de forma gradual y creciente del significado vital del patronato de María sobre el Carmelo y de su identificación con ella, hasta el punto de decirse que es “todo de María”, que es Ella la “Belleza y Hermosura del Carmelo”, y que “no hay carmelita que no este enamorado de la Virgen”. 
 
Desde sus orígenes, aquella devoción mariana, mamada antes en Europa por los que de ella venían y fundaron la Orden (excruzados, soldados, etc) y enriquecida por las antiguas tradiciones marianas-carmelitanas fueron tomando forma, solidez, descubriéndose al descubrirla tan íntimamente ligada a sus vidas. Se llamaron: Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Y no les costó poco.
 
Frente a la polémica que despertaba en algunos descontentos tal nombre, alegando nuestros carmelitas ser la Orden de la Virgen, aquellos padres antiguos afanados por no perder el centro y corazón del Carmelo, bien tuvieron que dar fe y razón de tal afirmación. ¿El resultado? Una justificación consensuada y reflexiva, razones que validaron la osadía de llamarse hermanos de la Virgen, un estudio profundo de los orígenes, un redescubrir su razón de ser como carmelitas, hermanos, siervos, hijos de María, todos y enteramente suyos.
 
Gracias al antiguo tronco del Carmelo, hoy la historia no comienza en Ávila, cuando aquellas santas novicias y a la cabeza Teresa de Jesús, comenzaron la descalces carmelitana, como una aventura apasionante de un movimiento común a muchas órdenes, sino muy atrás, desde que aquellos valientes que desafiando invierno y penurias decidieron vivir en “Obsequio de Jesucristo… meditando la Ley del Señor día y noche” reunidos sobre el monte.



 
Por tanto María no es un elemento más, no es un punto sumado a otros, algo distintivo pero no determinante. El carmelita es cristiano a ejemplo de María; imita a Jesús descubriendo la riqueza que se esconde en el guardar y rumiar su voluntad en el corazón…como María. Y también en los momentos de Cruz, como María permanece junto al Maestro, junto a su Hijo amado. Porque Dios la quiso preservar de toda mancha de pecado, porque vivió fielmente el evangelio viviendo con él y a la vez alimentándole con su ejemplo de Madre y tutora… porque nos la regaló el Hijo como penúltimo regalo, justo antes de la Salvación, el carmelita ve en Ella el modelo humano pleno y perfecto a seguir en el servicio a Jesucristo, y bajo esos tintes inminentemente marianos vive su vida.
 
Pienso que cada carmelita a de preguntarse siempre ¿Cómo he de amar al Hijo a la manera de la Madre? María enseña con su silencio y alimenta la contemplación en el Carmelo. Ella antes que nadie guardaba todo en su corazón, y lo vivía unida a Él, conociendo y viendo como Jesús crecía en estatura y gracia para Dios y los hombres, y en su crecer, crecía Ella, se hacía más a su forma. Dios, confió a su único Hijo a la Virgen, eso quiere decir que María es de total confianza para Dios.
 
A veces me resulta gracioso, intentar advertir o imaginar algún rasgo de carácter, gesto o costumbre en Jesús aprendida de su Madre, porque seguro las tuvo. Quizás la forma de pronunciar algunas palabras, o las muletillas que tantas veces usamos, o gestos y frases. Vivía Jesús tan íntimamente unido a su Madre que Ella aprendió amarle y seguirle en la sombra con solo cruzar miradas... aprendiendo a vivir con su Dios-hombre. Nunca antes, ni después la humanidad vivió más cerca de Dios. María comenzó su cielo en el momento del sí, en un tiempo Dios y hombre se abrazaban y Él desde su omnipotencia, tomaba del humano su carne.
 
En estos preparativos para la Solemnidad de la belleza del Carmelo, no han faltado flores silvestres, recogidas de cualquier rincón, imagen de aquellas primeras que adornarían el icono de Nuestra Señora, aquella Bruna bendita, recogidas por los carmelitas primitivos en cualquier escondrijo de aquel paisaje precioso... dentro o entre algunos pedruscos también crecían las flores que regalaban a María. Parecía que allí se quedarían, muriendo sin remedio bajo el sol sin más sentido que el de ser, y por pura misericordia, las manos gastadas de aquellos hombrecillos cascados por el frío y la intemperie las recogían para adornar el altar de la la Emperatriz del Carmelo.
 
Que alegría ser flor que nace dentro de los pedruscos, que bueno ser de esas almas que según la parábola del sembrador, se piensa de ellas que están destinadas a morir por la exposición continua al sol, sin raíz profunda. ¡Y que la Madre amorosa del Carmelo nos haga como regalo, vivir en obsequio de Jesucristo imitándole a Ella! ¿Os dais cuenta? La suerte de la semilla sobre las piedras, cambia en manos de la Virgen.
 
El Carmelo, es un sitio con muchas flores, pero el terreno es rocoso y los hijos del Carmelo, están llamados, según la voluntad de Dios, a crecer entre las piedras, a no echar raíces aquí. La única raíz de un carmelita, es saber que su tierra es tierra de María, y que sus manos cultivan cada una de sus flores, de forma única e irrepetible. No hace falta raíz que le ate al suelo, pues vive y ha de procurar vivir tranquilo y confiado en la protección y guía de María.
 
Sus ojos, fijos en Ella, esperándolo todo de Jesús, pero por su medio, dejándose hacer al tacto de sus manos, labrar en la cruz de la renuncia propia, del desprendimiento...entrenándose para dar su FIAT, pero no de cualquier forma, no bajo las directrices o consejos de un fundador... sino como Ella. Un FIAT que de una vez juntando voluntad y verbo, abre el camino para que Dios se encarne, se vuelve vehículo por el que llega la salvación... entonces, se entiende perfectamente aquella interpretación carmelitana del texto de la nubecilla de Elías. 
 
Vimos y vemos, en aquella nubecilla blanca, que viene del mar, la prefiguración de la Virgen... su acercamiento a la estirpe de Elías, al hombre en general...para ser portadora de la Lluvia de Gracia.
El  carmelita ve en María la mujer humilde de Nazaret, aquella que dejándose inundar por Dios, contiene a la divinidad y por gracia es Madre de ella, comprendiéndola y cuidándola como cosa suya, imprimiendo en su Hijo, el amor a su Padre, tanto y tan bien hecho que a los doce años nos sorprende Jesús, “¿No sabéis que he de estar en las cosas de mi padre?” Como diciendo, Madre… ¿tanto me lo has enseñado y ahora te extraña que me quede aquí? 
 
El carmelita, como María, vive no en una parra de nubes rosas, lo hace enteramente para Jesús, dejándose sorprender en el silencio con su palabra en una realidad concreta y consagrada, a la manera de la Virgen. Alguna que otra vez de tanto amarle sale escarmentado. Así es que desde la familiaridad con que trató María al Dios que llevó en sus entrañas, los hijos de tan buena Madre, siguen permitiéndose la licencia de seguirle por amor, por todo el amor que Cristo tiene por el hombre. Y le intenta amar con todas las fuerzas de que es capaz…como María, que bien supo decir que si, abriendo la humanidad al cielo, al Dios que la quería desde la eternidad para si…preservándola y custodiando su alma sin mancha.  

 
María es modelo perfecto, princesa que encanta a sus hijos en el Carmelo, Dama de Honor del cielo y Reina de los corazones carmelitas. Solo entendiendo la profundidad de aquello que nos une a la Virgen, se llega a comprender cuan cariñosa y desenfadada mente se le trata, cuantos y cuantas cosas se le confían con los ojos cerrados y todo el bien que nos hace al ampararnos y defendernos como la niña de sus ojos. Será pretensión, pero es orgullo el que siente al carmelita, al decirse hermano de tal Reina, hijo suyo. Es alegría desbordante, es la seguridad de que en lo adelante, pase  lo que pase, jamás se estará solo. 
 
Con la mirada fija en María, encuentra el camino más corto de la voluntad de Dios,  “Haced lo que os diga” Así reza la Madre, y ese mismo mandato de Caná, lo recibe el carmelita, caminando a la voz de María. Mirando, después de la gloria de Dios, la honra de la Madre.
 
Carmelitas, cada día de Ella más enamorados, a su servicio dedicados y en la gloria de su Hijo Jesús ocupados. Día y noche, como lo manda la Santa Regla, sin tiempo que perder, con todo y ganas de darse. Solo de esta forma, se volverá a los orígenes, se retomaran las antiguas moradas de los primeros carmelitas, reconquistaremos la Tierra del Señor, como lo hicieron ellos, sembrando, la semilla de la adoración continua y la contemplación, sobre la cima de todos los montes de este mundo, que son muchos… y donde tantos esperan encontrar aquellos rayados y primitivos monjes, cuyo lema fue: La celo por la gloria de Dios nos devora…
 
Recemos como el compositor enamorado, la sencilla plegaria tan carmelitana que desde niño enamoro el corazón de no pocos carmelitas:
 
 

  No pase, pues, un día, noche, viaje, búsqueda, discusión, alegría, fatiga, reposo sin un cariñoso recuerdo para Ella. Que siempre esté en el umbral mismo de tu memoria. Así llamaba la atención de los carmelitas, ese enamorado de la Virgen y cantor de sus grandezas que fue Arnoldo Bostio, Carmelita.  Hoy con él puedo decir que “Todo lo que soy, todo lo que tengo, se lo debo a Ella”.


Este año, en la soledad fecunda del Carmelo tengo un motivo muy especial para agradecer a Dios por estos 20 años, desde que mis pies temblorosos quizás por lo desconocido, traspasaba los umbrales de la puerta Reglar de mi querido palomarcico. Veinte años desde que Jesús, arrancándome con mano fuerte y brazo extendido de entre los míos, me llevó junto a su Madre al Monte Carmelo, a la heredad que es de esta Señora y Reina del Lugar.

Entre las cosas grandes que descubrí y que me era del todo ajena cuando entré, era la profunda y comprometida vocación misionera. Con los años se aprende a base de confianza en Dios, que mucho se hace desde aquí, con la sencilla y gozosa entrega de cada, disfrutando el canto de alegría que es la vida si se vive con María en Jesús.

La carmelita vive, pero su vida no la vive para ella. Jesús le ha pedido su entrega y ella gustosa la ofrece por todos los pecadores, sacerdotes, por la Iglesia, el Santo Padre y tantas cosas más. Aún recuerdo emocionada aquellas cartas preciosas y entrañables de Teresa de los Andes a su padre en vísperas de su partida al Carmelo: “Cuando te sientas solo, papacito querido… en Él (Jesús) me encontrarás”. O aquella memoria nostálgica, feliz, sincera de la Beata Elías de san Clemente, al recordar su casa: “Hogar de mis recuerdos, nido paz y amor…volé de ti como paloma, me vine al Carmelo, más, nada podrá borrar ese dulce recuerdo que me une a ti con tiernos lazos”.

Lejos de lo que muchos piensan, por cierto equivocadamente, la verdadera misión de una carmelita traspasa y ha de traspasar siempre las fronteras de la clausura, salta las tapias y se cuela calladamente en la Iglesia Universal. Los sacerdotes, el Papa… los hombres todos. ¡Todo es bello en el Carmelo! (Bta. Isabel de la Trinidad). Cada cosa tiene su sitio en el corazón de la carmelita, más como ha de dejarlo vacio, para que solo Dios sea su huésped, deposita cada necesidad, preocupación, problema en el corazón abierto y traspasado de Jesús.

Limitada físicamente por los votos pronunciados voluntariamente, la carmelita descalza, ofrece su silencio y sus días intentando vivir esa confianza ciega de la que hablara Teresita del Niño Jesús, la certeza en su amor, en la aceptación de su pobre vida, en la eficacia de entregarla ocultamente por Él y consumirla en su presencia por las necesidades del mundo. Cada carmelita sigue su camino dentro de la espiritualidad propia de la Orden, y a cada una Dios la llama de forma particular a participar en el misterio redentor de su cruz, que alcanza y refresca a todo el mundo, sin fronteras físicas, psíquicas, políticas ni sociales.

Su vocación es el amor y al Amor se debe. ¿Quién dice que no se es madre sino se engendra, que el Carmelo es un sitio donde se evade el hombre para esconderse del mundo y de su propia realidad porque le persigue sin tregua? Nada de eso. Nunca antes se siente más fuerte los lazos con la familia que desde el Carmelo, ni importan más los problemas de nuestros hermanos, los peligros de los sacerdotes, los sufrimientos del Santo Padre.  Y todo, porque desde este monte santo, llevando el habito de Nuestra Madre Santísima “que indignamente traemos” (Teresa de Jesús),  se aprende amar al mundo desde la perspectiva de un Dios-Hombre que se derrite de ternura por él, que ama al hombre como nadie podrá jamás narrar ni describir, porque nuestra mente no alcanza a comprender su inmensidad. Y se es madre, y hermana, y amiga y “sierva inútil”  que da lo mejor, que lo ofrece todo y lo entrega todo sabiendo que poco puede, pero que en manos de la Trinidad que no conoce límites, su fruto se multiplica y es infinitamente fecundo.

Uno mi voz a las voces de esas dos carmelitas descalzas, para cerrar con sus palabras las mías, la una de Bari, la otra mallorquina: “Buscaré almas para lanzarlas al mar del Amor Misericordioso: almas de pecadores, pero sobre todo almas de sacerdotes y religiosos. Con esta finalidad mi existencia se apagará lentamente, consumándose como el aceite de la lámpara que arde junto al Tabernáculo… Cuando se sufre con Jesús, el padecer es gozar; me consumo por sufrir amando, fuera de esto no quiero ya nada”. De la Beata Elías de San Clemente ocd. “He sido en el Carmelo, inmensamente feliz”. M Concepción de San Jaime y Santa Teresa ocd. 

Por una Carmelita Descalza, Écija




 


Según la traición, la venerable carmelita Ángela de Arena vió arrebatada en extasis, una escalera de la tierra al cielo y al final de esta a Nuestra Madre Santísima que recibía, guardaba y protegía a sus carmelitas. (tomado del libro "El Carmelo y María" del P. Rafael Ma. L. de Melús O.Carm).
Aquí os traemos otro grabado de los antiguos retocado en colores por un amigo de la comunidad. Si recordamos la visión del Génesis de la escalera de Jacob, su experiencia mística; simboliza la providencia divina sobre Jacob, su cuidado y protección sobre el pueblo elegido. Pero en la iconografía carmelitana, quizás se le pueda dar otra interpretación a la utilización de la escalera en los conjuntos pictóricos de nuestra Orden. Podríamos hacer una traslación también a la larga peregrinación que a lo largo de la Historia ha realizado la Orden del Carmen hasta la actualidad. La escalera es un motivo que se repite bastante en la iconografía carmelitana clásica.
El grabado hace referencia a la visión que de la escalera tuvo la venerable Ángela de Arena, en el siglo XVI, terciaria de la Orden del Carmen. Dicha venerable, tuvo la visión de la escala, en cuya base había dos santos carmelitas con capa blanca que le decían: “Si quieres subir esta escala, viste el hábito carmelitano y con él llegarás segura al cielo”. Este hecho trae al recuerdo cómo en la iconografía antigua carmelita cuando se interpreta esta visión, se presentaba, donde termina la visibilidad de la escalera, a la Virgen María vestida con el hábito carmelita, como ocurre en el presente grabado. Ella es nuestra Janua Caeli.


 

GOZOS A NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN
Ant: Pues sois de nuestro consuelo
el medio más poderoso;
Sed nuestro amparo amoroso
Madre del Dios del Carmelo.

Desde que en la nubecilla
quien sin mancha os figuró,
de virgen Madre adoró
Elías la maravilla:
A vuestro culto Capilla
erigió el primer modelo.

Sed nuestro amparo amoroso
Madre de Dios del Carmelo.

Tan primeros para vos
los hijos de Elias fueron
que por timbre merecieron
ser de la Madre de Dios:
Título es este, que Dios
les dio a su heredado amigo,

Sed nuestro amparo amoroso
Madre de Dios del Carmelo.

Por ello vos honras tantas
Señora al Carmelo hicisteis
que viviendo le asististeis
mil veces con vuestras plantas:
Con vuestras palabras tantas
Poblaste su antiguo celo.

Sed nuestro amparo amoroso
Madre de Dios del Carmelo.

De Elías los seguidores
y en la Iglesia Coadjutores
de los apóstoles fueron
del evangelio esparcieron
la verdad por todo el suelo.

Sed nuestro amparo amoroso
Madre de Dios del Carmelo.

A San Simón General,
El Escapulario disteis,
Insignia que nos pusistes
de hijos como señal,
contra el incendio infernal
es defensivo consuelo.

Sed nuestro amparo amoroso
Madre de Dios del Carmelo.

Quien bien viviere y muriere
como a señal es notorio,
que por Vos del Purgatorio,
saldrá presto si allá fuere:
El primer Sábado espere
tomar de la gloria el vuelo.

Sed nuestro amparo amoroso
Madre de Dios del Carmelo.

Vuestro Escapulario Santo
Escudo es tan verdadero.
Que no hay plomo, ni hay acero
de quien reciba quebranto;
Puede aunque es de lana, tanto
Que mata el fuego y al hielo.

Sed nuestro amparo amoroso
Madre de Dios del Carmelo.

De vuestro Carmelo flores
Son la variedad de Santos ,
Profetas, Mártires tantos,
Vírgenes y Confesores,
Pontífices y Doctores,
que hacen vuestro Monte Cielo.

Sed nuestro amparo amoroso
Madre de Dios del Carmelo.

Dando culto a vuestro honor
durara siempre el Carmelo,
Por que así lo alcanzó el celo,
de Elías su fundador:
cuando Cristo en el Tahor
mostró su glorio sin velo.

Sed nuestro amparo amoroso
Madre de Dios del Carmelo.

V. Ruega por nos, santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.





ORACIÓN
Oh Dios, que adornaste a la Orden de la Beatísima siempre Virgen y Madre tuya María con el singular título del Carmelo: concede propicio que escudados con los auxilios de aquella cuya conmemoración celebramos, seamos dignos de llegar a los gozos eternos. Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Así sea.



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RECUERDOS DE NUESTROS PADRES PASADOS, QUE FUNDARON NTRA. SAGRADA RELIGIÓN. RESTOS ARQUEOLÓGICOS. 

 

 
 












 
















 

Para cualquier duda o solicitud escribir a: ecijacarmelitas@hotmail.es